ALGUIEN TIENE QUE SUICIDARSE
Me encanto, esta editorial que escribio
Alguien tiene que suicidarse aquí. En la esquina meridional de Suramérica. En un país situado entre dos océanos. Atravesado por un río largo, larguísimo, que aún no se cansa de su tránsito milenario. Y por otros ríos recorrido; ríos de asombro.
Quien quiera que sea el suicida, no será un poeta. Al poeta le bastan las palabras, los crepúsculos del atardecer, los inviernos de mayo, el verde de los montes, para saciar su ambición de poder. Si es que más allá de las palabras hay un poder que subyugue más.
Alguien tiene que suicidarse aquí. Alguien a quien la mentira, de tanto mentir, le cause náusea; pesadez estomacal; inflamación de la nariz; dolor de muela; congestión nasal.
Quien quiera que sea el suicida, no será un vendedor de semáforos. Un compatriota de esos que sobre el mismo trayecto edifica su esperanza; construye sus sueños; agoniza y resucita. Y parado en la estaca de la fe, sobrevive sin atentar contra la luz del semáforo que lo redime desde el alba hasta el ocaso.
Alguien tiene que suicidarse aquí. Un ministro tal vez; alguien vestido con el áureo traje recamado de los embajadores. Un general quizá a quien los soles de la milicia no le alumbren ya; un presidente en desuso; una mascota del poder.
Quien quiera que sea el suicida, no será un haraposo; un desaliñado de vestido y forma. No será el que duerme en los zaguanes de las mansiones, ni el que hace la siesta bajo la sombra de los urapanes. De árboles de hojas de nieve y polvo de ciudades inconmensurables.
Alguien tiene que suicidarse aquí. Un ventrílocuo; un saltimbanqui del poder; un mitrado de báculo dorado y panza abultada; un comandante de huestes invisibles; un banquero aupado de monedas; un gerente de todo lo que cabe en un mapa; uno venido a más; un palafrenero que se volvió caballero con escudo de armas y blasones.
Quien quiera que sea el suicida, no será el vecino que tiene una venta de especias al menudeo. Ni el naranjero, ni el vendedor de frituras y dulces de piedra por las calles. No será el que por los villorrios distribuye jabón de tierra y agujas de coser, compra puercos al menudeo y trueca por vituallas chucherías y baratijas.
Alguien tiene que suicidarse aquí. Alguien a quien la ambición de dominio sobre almas y haciendas lo impulse a lanzarse por las ventanas del poder. A sumergirse hasta asfixiarse en los miasmas del poder; en las emanaciones nauseabundas de las aguas podridas de la corrupción del poder; a devorarse sus propias vísceras en la concupiscencia del poder.
Quien quiera que sea el suicida, no será el pordiosero que amanece en la puerta de la iglesia implorando la gracia de algún dios a quien los murciélagos no han dejado dormir durante días. Y el olor de muerte de las veladoras hostiga con imprudencia cada noche. Ni será el sacristán, achacoso y maniático, que ya no extiende la bolsa de pobres porque en vez de monedas le echan botones y granos de maíz.
Sí, alguien tiene que suicidarse aquí. Alguien capaz de conmover los cimientos de la República con su ahorcamiento. De tapar el hueco fiscal y el de la capa de ozono. De contagiar una “epidemia de suicidios”, como dice Plutarco que ocurrió una vez con los jóvenes de Mileto. O entre los egipcios que se agrupaban para suicidarse.
En el reino de todos hacen y nadie responde. Alguien que no sea de Mileto, ni griego ni egipcio. Ni sea filósofo como Anaxágoras, Sócrates o Metrocles; alguien que no tenga que escribir su nombre en caracteres orientales. Alguien quien no se llame como Toshikatsu Matsuoka, pero tenga superior, igual o parecido rango.
Alguien tiene que suicidarse aquí...
